Valen Cantautor Poeta


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Romance Loco Por Ella

El Albaizín estaba bello. Pepe Solís y yo regresábamos de madrugada después de una noche de copas y cante flamenco. Contentos los dos pues habíamos aprobado derecho penal segundo. Las últimas copas las habíamos tomado en La Plaza Larga, ahora caminábamos, tras cruzar El Arco de Elvira, y nos dirigíamos a La plaza San Nicolás a ver la luna poética de la madrugada. Pero no era aquella una noche de mucha luna, aunque eso no importaba, para nosotros la luna siempre era bella en tan bella plaza y paisaje. Aún así, bajo el reflejo de la noche vimos, porque se nos cruzó en el camino, una pareja de novios a la que no prestamos mucha atención. Eso había sucedido justo tras pasar El Arco de Elvira. Cuando nos aproximábamos a San Nicolás se nos acercó un joven más o menos de nuestra edad.

- ¿Habéis visto una pareja por aquí?

Nos quedamos cortados.

- Sí – dije yo – Ahí en el Arco nos hemos encontrado con ellos.

Pepe Solís comentó.

- Por cierto que iban bastante amartelados.

Al joven se le entristeció la cara y la voz le sonó a profunda pena.

- Es que ella es mi novia. Ahora sale con el hijo del dueño de la finca en la que trabajé. Ahora yo trabajo de camarero en un bar de la calle Elvira.

A Pepe y a mí se nos quitó la jumera de golpe.

- Yo la quiero, y ella me quiere, pero ese tipo con su dinero…

- Pues ella disimula mucho su querer por ti, porque se agarraba a él muy fuerte.

Le guiñé a mi amigo y compañero de estudios, porque me dio pena la pena del joven.

- Bueno, al menos daban la sensación de estar enamorados -. Suavizó, Pepe.

- No. Es a mí a quien quiere, pero ahora el dinero y la posición de él la tienen trastornada y engañada. Yo no soy de aquí. Yo quiero torear, pero ella ahora…

Y sin seguir explicándonos su historia el joven se alejó tras las huellas de la pareja.

- Ese muchacho quiere torear, tu quieres cantar. El mundo está lleno de locos.

Pero los dos, Pepe y yo, bajamos en silencio, tras acabar la media botella de Palo Cortao en la Plaza de San Nicolás. Las estrechas y pendientes calles del Albaizín las bajamos de manera distinta a tantas noches de flamenco y vino.

- Parece un romance la historia de ese muchacho. ¡Cómo sufría!

- Sí, Pepe. Y quizás como gozaba o al menos como sentía. Lo envidio.

• Sí. Tú eres capaz de envidiar el sufrimiento. Ya digo. ¡Cosas de artistas! ¡Cosas de locos!.



El hall del Hotel Tequendama de Bogotá estaba a rebosar de gente. Había mucho turismo, pero sobre todo había mucho aficionado al toro. La plaza de toros de Santa María se llenaría aquella tarde. Yo no podía ir a la corrida, porque trabajaba poco tiempo después de que acabase la fiesta. Además a las doce de ese mismo día cantaba también en el Salón Monserrate del mismo hotel. Deambulaba por el hall y el bar del hotel cuando se me acercó un tipo con pinta de ser apoderado o alguien relacionado con el mundo del toro.

- Hola, Valen. ¿Quieres ir a la corrida? ¿Quieres una entrada?

LOCO POR ELLA

Se cruzó en mi vida una tarde de mayo,

la iré a los ojos y me sonrió

y a mí me vibraron las cuerdas del alma,

desde aquel momento ya me enamoró;

y me habló despacio y era su palabra

música de amores que robó mi calma.


Hubo quien me dijo no le hagas caso,

esa no es persona de un solo querer,

pero ya era tarde para mis sentíos,

ya se había metío dentro de mi ser;

y puse mi vida, mi alma, en sus manos,

mas no tardó mucho mi gran desengaño.


Loco de amor, yo estaba loco por ella,

loco de amor, yo la veía la más bella,

loco de amor, sin comprender que mentía,

loco de amor, pero acepté el desafío;

loco de amor, tiré mis penas al río,

loco de amor, para curarme la hería.


Yo le eché valor y una madrugada

en su misma cara la verdad le hablé,

fingí indiferencia que no la sentía,

la dejé en su puerta y la abandoné;

y salí a la calle, busqué otras mujeres,

y de mi memoria borré sus quereres.


Loco de amor, yo estaba loco por ella...


Poema y Música:
Francisco Valenzuela Avila, VALEN.


- No puedo. Trabajo demasiado próximo al final de la corrida. Además me gusta ir con los toreros al callejón. Me voy con Diego Martinez y así vivo la esencia del toreo, el miedo y el valor y todo ese sentir que la fiesta entraña y emociona.

- Tú siempre en primera línea. Como en las noches de vino y cante en el Albaizín.

- ¿Tú eres de Granada?

- No, pero viví allí un tiempo. Tus temas se basan en la realidad, ¿no?

- Hombre. Algunos sí. Otros son fruto de la imaginación, de una idea, de un paisaje. Ya sabes.

- Yo te conozco de Granada. De una noche en el Albaizín.

- Supongo que coincidiríamos en alguna de nuestras noches de vino y flamenco con los gitanos.

El hombre calló un momento. Luego prosiguió como hablando consigo mismo.

- Tú ibas con un amigo. Yo me crucé con vosotros y os pregunté si habíais visto a mi novia que iba con otro.

Me quedé tieso. Yo recordaba aquello, aquella dura y extraña situación. Yo siempre había mantenido esa imagen en mi mente.

- Tú eres…

- Yo…Yo soy aquel chaval.

Me quedé pensativo un momento. Pasamos al club del hotel a tomar un ron.

- Pero ¿tú como sabes que yo soy uno de aquellos dos estudiantes?

- Porque te había visto cantar con la tuna universitaria y también en casa Faquiya y casa Amparo en el Campo del Principe. Una noche, ya de madrugada, cantaste una saeta ante el Cristo de los Favores. Cuando triunfas como VALEN te te reconocí enseguida. Aunque nunca estuve entre vuestros amigos, si estuve más de una vez próximo. Me acodaba en el mostrador de esos bares y no me iba hasta que terminábais de cantar. Además también os habría recordado a los dos. La luna no era muy fuerte esa noche, pero a vosotros os daba en la cara. De hecho a tu amigo Pepe lo veo por Jaén y provincia de vez en cuando, no se pierde una corrida de categoría.

No hablamos más. Lo llamaron y se fue a sus negocios.

Un poco tiempo después coincidimos en el hotel Lago Azul de Maracaibo. No había corrida aquella tarde.

- Dime, ¿qué pasó con aquella novia tuya?

- Todo acabó definitivamente

- Tú decías aquella noche que ella te quería.

- Y decía la verdad. Yo fui el primero y el más importante en aquella fase de su vida.

- ¿Se casó con el rico cortijero?

- No. Como conmigo, con él también jugó. Yo le avisé primero y lo consolé después cuando ella lo abandonó, cuando como a mí lo dejó plantado por otro. Le expliqué que era buena, pero demasiado volátil, demasiado libre y caprichosa para aquellos tiempos.

- Total, que después de aquella noche tú ya no la volviste a ver.

- Sí. Cuando dejó al campesino, volvió un tiempo conmigo. Ya te digo que ella me quería.

- ¿Entonces?

- Un día comprendí que me volvería a engañar, y me adelanté. Y una noche después de una fiesta y una madrugada de amor, la dejé. Yo la dejé a ella antes de que ella me diese un nuevo desplante.

- ¿Le gustaban el lujo y el dinero?

- No. No era ambiciosa; sí era muy enamoradiza.

- ¿No la volviste a ver?. ¿No supiste nada más de ella?

- Después de esa última noche, no, no la volví a ver. Pero sé que está bien casada. Vive o vivía en Argentina. Se casó con un hacendado y se hizo formal.

- Dime una cosa, estás arrepentido, ¿verdad?

- Sí. Quizás me hubiese mareado alguna vez más, pero habría acabado viviendo conmigo y asentando sus inquietudes. Pero aquel orgullo nuestro de antes…

- ¿Aún la quieres? Porque lo tuyo parecía muy intenso y muy profundo.

- Hombre. Tengo otra situación. Sólo a veces me pregunto como habría sido mi vida con ella. ¿Más apasionada? ¿Más auténtica? ¿Más feliz?

- Eso ya no lo sabrás nunca. No triunfaste en el toro como matador, ¿no?, pero sí en este mundillo.

- Sí, vivo este mundo de la fiesta. En el toro me faltaba valor. Como en el amor por aquella mujer.

De pronto el hombre se detuvo, se quedó pensativo, y como hablando consigo mismo, como la noche albaizinera de Granada, habló.

- Yo estaba loco, yo estaba loco por ella. Loco por ella.

Repitió esa frase varias veces.



Alguna que otra vez, por aquel tiempo, de forma muy esporádica he vuelto a coincidir con el enamorado del Albaizín. Dos o tres veces más charlamos, pero no hablamos más de su antiguo amor. Hace más doce años que no lo he vuelto a ver.

Ahora me sonrío. Si ha oído mi canción quizás también sonría él. ¿Y ella? Ella nunca sabrá esta historia. Yo ni siquiera sé el nombre de esa mujer. Una foto de ella si vi. Y era muy guapa, guapisima. Era muy guapa y …muy liberal para aquellos años.

Muchos años después de aquello la historia de ese amor me vino a la mente. Era una madrugada. Concretamente me martilleaba el cerebro la repetida frase del enamorado niño – hombre del Albaizín de mi Granada, también del embrujo de mi Granada, de la luna de La Plaza de San Nicolás, y ¡cómo no! de la añoranza y la nostalgia de las noches de vino, flamenco y enamoramientos del Albaizín. Y de las zambras del Sacromonte, como el ritmo de zambra que le puse al poema de aquellos dos enamorados.

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