Valen Cantautor Poeta


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La Mano de Dios

LA MANO DE DIOS” (HISTORIA DE SU VIVENCIA Y SU CREACIÓN)


Como cada viernes me presenté en el Barrio del Pilar. Agustín y José Antonio tenían una clínica médica en uno de los bloques del barrio. Y, como cada vez que iba, los dos amigos me dejaban de cinco a diez minutos al cuidado de la clínica para bajar a tomar un café en el bar.

Pero aquella tarde surgió un imprevisto que parecía más grave de lo habitual. Se presentó un matrimonio joven con una niña pequeña que se ahogaba por momentos. Salí a la calle a avisar a Agustín que subió inmediatamente para atender a la pequeña. Le hizo un extenso chequeo tras el cual apareció sonriente; la pequeña no tenía nada grave, sólo una ligera arritmia que se le manifestaba con el juego y también con cierto estado de preocupación. Le recetó unas pastillas y pidió a los padres.

- No habléis delante de ella de problemas; es muy susceptible y eso le produce el ahogo. También jugar con demasiada excitación El lunes traedla a esta dirección por la tarde. Le haré un examen más profundo.

- Tenemos problemas económicos y eso nos provoca algo de nerviosismo. Evitaremos que ella lo capte.

Aquella tarde tomamos café con ellos y a partir de ese momento hicimos buena amistad con el matrimonio; yo más que Agustín. Y una serena tarde de junio aquellos dos nuevos amigos me contaron su historia. Yo no sé por qué a mí las personas que encontré en mi camino me han contado sus vidas.


Luis era extremeño de familia muy acomodada; María era valenciana de nacimiento, pero había vivido desde la niñez en el mismo lugar que él, en una ciudad media de Extremadura, una de esas ciudades que resuman en sus casas, en sus calles, sus gentes y su ambiente sabor de conquista, sabor de rancio abolengo.

El padre de María se había trasladado desde su Valencia natal a tierras extremeñas. Era propietario y especialista en máquinas modernas para el trabajo del campo. Lo que en principio parecía un trabajo temporal se había convertido en una estancia definitiva.

Luis llevaba en el pueblo la clásica vida del estudiante de familia bien. Los inviernos en Madrid en colegios mayores; las vacaciones, todas, en su pueblo extremeño.

- Nos conocimos en una romería el último día de feria-. Era Luis quien contaba esto.

- No es cierto. Nos vimos antes. Tú salías del bar - restaurante de la carretera y yo venía de llevarle la comida a mi padre. Recuerdo que dijiste: “Rubia, te gratifico con un beso. Lo hago de miedo”. Yo aguanté la risa y me reí cuando no me veíais.

- Bueno, pero fue en la romería cuando nos hablamos.

- Sí. Me invitaste a bailar y yo acepté, ante mi propia sorpresa, a la primera vez.

- Y bailamos toda la noche.

- Exacto. Mis amigas decían que eras un ave de paso y un creído, pero yo ni caso.

Después de aquel baile se siguieron viendo hasta que Luis se marchó a Madrid a iniciar el nuevo curso, y no se escribieron.

- No había nada entre nosotros.

- No; ¿y esto qué es? ¿Y estas dos niñas?

- Quiero decir que no lo había entonces.

- Que tú no te lo creías, que es distinto. Eras un niño bien, y yo no era de tu ambiente. Yo era un pasatiempo, pero tú estabas por mis huesos y yo me mareaba nada más verte.


En las navidades se volvieron a encontrar, pero en esas fechas la coincidencia en fiestas era más difícil. Sus ambientes eran distintos y sus mundos también. Coincidían a veces en algún bar o en la iglesia. No había manera de saltarse los grupos de presión que suponían los amigos, en especial los de Luis, para poder explayar lo que ya empezaban a sentir.

Una amiga de María les facilitó la oportunidad de verse en la trastienda de una pequeña mercería que tenían sus padres y en la que ella trabajaba por las tardes. Así de seis a ocho se veían y se enamoraban profundamente.

- En realidad la decisión debía ser mía. Era yo quien tenía que ir a su entorno, y no ella al mío, pero era difícil, no creas. Yo sufría la presión de mis amigos que lógicamente conocían mi aventura, pero sólo lo consideraban un lío pasajero. Además yo no me atrevía a enfrentarme a mis padres. Eran círculos muy diferentes en los que nos desenvolvíamos.


Pero la Navidad pasó y ya todo fue diferente. Las cartas entre ambos fueron desde entonces continuas, y el sentimiento cada vez más seguro y más profundo.

Todo eso no podía pasar desapercibido para los padres de uno y de otra. Pero todo estaba callado como la corriente de un río caudaloso en zona ancha y sin rocas, pero la cascada, la catarata, podía llegar en cualquier momento. La Semana Santa de ese mismo año explotó todo. Luis se negó a ir a las procesiones y demás actos religiosos, despertando las sospechas de su madre; y peor aún fue que esa vez no atendió las palabras y la citas de sus amigos, a quienes abandonó para ocupar todo su tiempo con María. Y un Viernes Santo se enfrentó por primera vez al problema.

- ¿Quién es esa que te aparta de tus padres, de tus amigos y hasta de Dios?

- Nadie me aparta de nada. Voy a la iglesia con ella; como y duermo en casa cada día; mis amigos no dejan de serlo por el hecho de que no salga con ellos tan habitualmente.

- ¿Y de Dorita? ¿Qué hay de Dorita?

- Dorita te gusta a ti, no a mí, mamá. Para mí sólo es una amiga más.

- Veremos a ver por donde va a salir todo esto. Espero que sea pasajero.


No pasó la cosa de ahí esas vacaciones; una cierta tirantez en casa con su madre y su hermana mayor; unas ironías de los amigos, y un consejo del mejor de estos.

- Cuidado, Luis. Piénsalo. Estas familias nuestras son muy jodidas.


Los padres de María que estaban dando a su hija apropiados estudios para su mañana , aunque sin boato, callaban y, por respeto a su pequeña, sufrían en silencio.

La separación al final de esas vacaciones no fue tan larga esta vez. Con cualquier pretexto Luis viajaba al pueblo y siempre había un largo tiempo para verse con María. Con la moto, los fines de semana, se escapaban a Mérida, Badajoz e incluso a veces al mismo Cáceres. Y entre bellotas, peñascales, dehesas taurinas y cerezos en flor fue creciendo su amor. Una tarde, bajo la lluvia de una primavera herida de rayos y truenos, se abrieron las almas y las sutilezas. La entrega de todo sucedió en un pajar abandonado y cálido que aumentó su embriaguez por el contagio del temblor de los jóvenes amantes. Y ya todo fue imparable.

Luis terminó su carrera brillantemente; y María tenía a su alcance de meses el título que preparaba.

Una mañana que Luis acompañaba a su padre a Cáceres, éste le espetó de golpe.

- La verdad es que es muy guapa.

- ¿Cómo?

- La chica con la que sales.

El joven calló.

- Dime, hijo. ¿Podrías esperar un tiempo? Tu madre está insoportable. Puedes preparar unas oposiciones y tal vez con el tiempo veas más claro; después tú decides, pero prepárate serenamente un futuro.

- ¿Puedes parar esta lluvia, papá?

- No.

No hablaron más.


Mes y medio después en una iglesia perdida de la huerta valenciana contrajeron matrimonio. Sólo asistieron el padre y el hermano mayor de Luis, un amigo del novio y una prima de su madre. Por parte de María, sus padres y unos tíos que vivían en la albufera . Las dos familias se saludaron fríamente. Una vez acabada la ceremonia, una ligera despedida y unas cortas frases; eso fue todo.

- Bien, hijo, es tu decisión y tu vida; vívela. Llámame en caso de enfermedad grave tuya o de tu mujer. No lo hagas por asuntos económicos o dificultades vivenciales.

Viajaba la pareja a su nuevo domicilio. También aquel día llovía en Valencia y las gotas levantaban chispeantes caracoles sobre las aguas de la albufera. Luis pensó, “tendré que echar chispas yo también si quiero ganarme la vida”.

Se establecieron en la albufera valenciana. Luis se puso a trabajar en un despacho de ventas de abonos y productos del campo propiedad del tío político de María, Ángel. Vivían con el simpático matrimonio que no tenían hijos. Para Manuela, tía carnal de la novia, y para Ángel, su marido, María era su sobrina predilecta. Cuando niña la joven había pasado largas temporadas con sus tíos.


Desde el principio María comprendió que aquel no era trabajo ni ambiente para su marido. Acostumbrado al paisaje de las tierras extremeñas sin costas y sin mar el joven se sentía perdido entre humedad, arroz y mar, y ella lo notaba El olor de las playas no era el de las encinas de su finca extremeña; y la abigarrada e industrial Valencia no era la serena y colorida tierra de cerezos donde él había crecido.

- Esta tierra es preciosa, delirantemente bella-. Le confesó Luis una tarde de septiembre a su mujer.

- Pero no es lo que tú buscas, ¿verdad?

- No. No se trata de eso…

- Tampoco el trabajo, este tipo de trabajo, es el tuyo. No es el que te gustaría hacer ni es el para el que tú estás preparado.



La historia me la contaban a medias; a veces ella, a veces él. En un momento que Luis se fue a llamar por teléfono, María me habló.

- Él era y es un hombre de sociedad. Debía desenvolverse en un mundo más dinámico y de más proyección. Por eso hablé con mis tíos y les dije que nos trasladaríamos a Madrid tras mi primer parto. Esperamos ese acontecimiento y que mi tío buscase un suplente a Luis, a quien yo no le había dicho nada de la conversación con mis familiares, pero mi decisión de buscarle un horizonte más grande a mi familia estaba tomada; aparte de proyectar en cuanto pudiese mi propia vida de trabajo.

Una mañana, tiempo después, su tío Ángel la llamó.

- La decisión de iros se puede cambiar.

- No, tío.

- Este es un buen negocio. Luis puede pasar a ser mi socio ahora, y mañana sería vuestro negocio.

- Lo sé, pero no es eso. Presiento que me he casado con un hombre extraordinario, pero necesita encontrar su camino. Yo le apoyaré, le ayudaré a encontrarlo. También yo quiero ser, con un poco de espera, algo más que una mujer de su casa.

- Bueno. Hace un poco tiempo compré un piso en Madrid; es un barrio nuevo y no lo pienso alquilar. Podéis ocuparlo vosotros y así yo tendré donde ir; ya sabes que odio los hoteles.

- Tito, vas cuatro o cinco veces al año a Madrid; estás allí una semana a lo sumo. ¿Cuándo lo has comprado?

- Es que también es una inversión.

El piso lo había comprado después de la primera conversación sobre la posibilidad de la pareja de irse a la capital de España. Sus tíos eran así, desprendidos y cariñosos. La tía carnal de María era Manuela, pero la joven nunca supo encontrar la diferencia de amor hacia ella entre uno u otro. La querían por igual y ella los quería también por igual. La única condición que pusieron sus tíos era que las vacaciones de verano las pasarían con ellos. Cosa que los jóvenes prometieron.

- Además la niña y los que vengan necesitarán sol y playa.


Una mañana amanecieron en Madrid con unos ahorros, una ilusión y un miedo.

Luis pasaba de un trabajo a otro, de mal en peor. De ninguna manera podía solucionar un problema cada vez más acuciante; los ahorros se esfumaban y María iba a traer otra nueva vida al mundo. Tuvieron épocas mejores en las que él encontraba un trabajo más sólido, pero una sociedad cambiante y cada vez más agresiva no acababa de darle su lugar, su posición, a un joven licenciado en sociología. Lo que empezaba a tener influencia en la sociedad eran los ejecutivos agresivos e implacables, mejor o peor preparados. Luis estaba bien preparado, con titulación, pero era a la vez un momento de cuentistas, y el joven ni era agresivo ni cuentista. Lo tenía muy duro.

En el momento que conocí a la pareja Luis estaba en paro total. De ahí su ansiedad y su reflejo en la angustia de su hija. Cuando salí aquella tarde del piso me subí al autobús con la historia de amor y el drama vital de aquella pareja en la mente. Y no se me pasó en varios días.

Nos hicimos amigos. . Nos invitábamos en el bar y merendábamos en su casa a escote; cada uno aportaba lo que le parecía. Y Agustín ya no les pasó el recibo de la iguala médica.

- No creo que Luis sea un hombre de empleo en una oficina—. Le dije un día a María.

- Sé que está preparado para más, pero no puede opositar por la necesidad de traer dinero a casa. Su padre llevaba razón; debimos esperar o quizás dejarlo. Yo además no puedo ayudar, las niñas son demasiado pequeñas y ya ves que la pequeña necesita mucho cuidado.

- No. No es eso. Creo que tu marido debería dedicarse a algo independiente, mas creativo, personal y, si es posible, propio.

- Es tímido. La vida le fue muy fácil.

- Como todos los tímidos cuando rompa será el más osado.

En una de sus épocas de paro le propuse venir a vender conmigo. Yo cantaba a veces en algún club, vendía libros y llevaba también la venta de una casa de pinturas no muy acreditada. Empezó a trabajar en la representación de la pintura, y al principio fue horrible; era dificilísimo hacerle entrar en una droguería, y si entraba no se atrevía a hablar, al menos a hacerlo con convicción. A las dos semanas el dueño quería ponerlo en la calle.

- No ha hecho un solo pedido.

- Lo hará. Sé que es bueno para esto.

- Yo pago un sueldo pequeño y una fuerte comisión, pero si no vende nada el sueldo es una loza para mí, y él no saca provecho. No nos conviene a ninguno. No te engañes no es como tú. No tiene tu osadía.

- Mi osadía es de artista, de subirme a un escenario, no de vender pinturas, sino de vender arte. Yo soy un artista en apuros que se busca una ayuda mientras intento el triunfo. Él si es un ejecutivo nato. Déjelo al menos un mes completo. No puede echarlo sin dejarle al menos esa oportunidad mínima.

Luis se enteró de esa conversación por el propio dueño. Mi amigo se me perdió y no lo vi más en dos semanas. Al fin me llamó. Estaba como loco.

- Vamos a comer todos. Yo pago. Pero iremos a un sitio elegante y a todo plan.

Entonces me contó. Había hecho una venta especial; había colocado una partida de pintura, pero no en tiendas, sino a un constructor para toda una urbanización, y eran cientos de pisos. Claro que a un precio especial, pero el negocio era excelente para el propietario de las pinturas y excelente era el porcentaje de comisión de mi amigo Luis.

Ahí empezó todo. Se fue hacia arriba como un meteorito. Seguimos viéndonos y siendo buenos amigos, pero las prácticas de milicias en el Regimiento de Saboya de Leganés me alejaron del trabajo de las pinturas y las representaciones de libros. Me quedé sólo con mi deber en el ejército y mi aliento musical en pos de la fama. Me presenté a un festival de canciones dos meses después de terminar mi obligación con el ejército. Nos perdimos. La vida nos fue distanciando. Luis iba subiendo en su vida empresarial; y yo saboreaba, tras mi triunfo en ese evento musical, mi primera popularidad. Siempre tuve en la cabeza la historia vivencial de mis dos amigos; y un día cualquiera de un año y unos meses después grababa en Roma la canción que contaba su vida, su amor.


El tiempo cayó como las hojas de otoño y yo canté, en España y en América, mi gran sueño, miles de veces la canción que se inspiró en mis amigos. Una noche en una actuación de verano en el interior de la provincia de Valencia, Luis se me acercó. Nos abrazamos y al terminar mi trabajo nos fuimos a tomar una copa. Iba de paso a la playa, me vio anunciado y se quedó a verme. María y los niños estaban con los tíos.

- Nos retrataste, ¡eh! Amigo.

- ¿Os molesta?

- No. Nos gusta. Pero, ¿por qué cambiaste nuestros nombres y nuestro piso?

- Pensé que querríais quedar en el anonimato.

- Soy un hombre de relaciones, con facilidad de comunicación. Tú adivinaste esa faceta de mi carácter. Así está bien, aunque nos habría gustado, en especial a mí, nuestros propios nombres. Ahora vivimos en Barcelona. Toma y ven a casa a comer cuando pases por allí.

Nunca fui, porque la vida es la que dispone. Tardé tiempo en viajar a la ciudad condal, y además perdí su tarjeta.


En el año ochenta y uno pasando unos días en Ponte Vedra, Jacsonville, Florida, me encontré en un club de golf a María. Al principio estuvo distante y absorta. Pensé que quizás el éxito social la había hecho engreída, pero yo era un gran triunfador internacional también, así que no entendía su actitud. Pero yo estaba equivocado, era otro su problema. Tras saludarnos nos sentamos a tomar una copa. La mirada de María se cruzó por dos veces con la de su joven profesor de tenis. No me gustó. Uno había corrido ya lo suyo y determinadas situaciones casi se radiografían.

- Algo cambia, ¿verdad, Valen?. Demasiado éxito. Tuyo y de mi marido; demasiado trabajo; demasiado viaje.

- Sí, algo cambia.

Ella calló un momento y su mirada nuevamente se cruzó con el tenista.


- La canción es bellísima. Gracias. Y de una autenticidad que nadie como nosotros dos, mi marido y yo, podemos testificar

Le vi mucha tristeza en los ojos.

- ¿Y las niñas? ¿Y Luis? Perdón, Ángel.

- No. Luis, como en la canción, así está bien. Las niñas mujeres ya. Una universitaria y casi comprometida, y la otra ya empieza a jugar a novio y a manejar su vida a su aire.

Calló otro momento y de nuevo miró al tenista aspirante a tenorio.

- La canción es bellísima-. Repitió. Luego prosiguió.

- Luis viaja, trabaja y triunfa. Ahora está fuera, de viaje, como casi siempre. Vivimos aquí.

Tomábamos café mientras charlábamos de bagatelas, cuando de pronto soltó.

- No vas a hacer la segunda parte de la canción, ¿verdad?. No vas a seguir la historia.

- No. Todo se quedó congelado allí; en el Barrio del Pilar; en el Madrid de principios del año sesenta y seis.

- Mejor así.

Se acercó el profesor de tenis.

- Es tu hora, Manuela.

Me despedí. Me alejé pensando: “los gavilanes siempre buscan a las palomas extraviadas”. Vi a un inexperto, pero joven y atractivo gavilán y a una paloma bella, sola y cercana al precipicio. No me gustó. Se me olvidaba cuantas veces pude ser yo el cazador.

Unos días después se presentaron en casa de mis amigos americanos, donde yo pasaba unos días, a invitarme a pasar el fin de semana con ellos. Jugamos al tenis como aficionados y ejecutivos aburridos, hicimos una barbacoa y bebimos, varios wiskys ellos, y un ron yo.

- ¿Qué puedo hacer? Nos estamos alejando. Manuela y yo vamos paralelos.

- Emborráchate. Emborrachaos un día juntos.

- ¿Cómo?

- Verás. Una noche en Pereira, ya sabes, de Colombia, se me acercó una pareja, un matrimonio, tras mi actuación. Se habían enamorado doce años antes con mi canción “Quiero amarte”, y después de tantos años de matrimonio decidieron divorciarse, pero eran buenas gentes y querían hacerlo con el menor daño posible; con educación. Se fueron a bailar y a cenar. Yo tenía en ese momento, hace unos dos años y medio de esto, una canción pegada en América y muy fuerte especialmente en varios países de esa zona. Se pusieron a bailarla, como bailaron la primera canción cuando se enamoraron. En definitiva bailaron, bebieron, hablaron y decidieron probar un tiempo más; darse una nueva oportunidad. Cuando me contaban esta historia ya había pasado un año y medio largo de su reconciliación. Me lo decían en el camerino poco después de mi actuación, y encima me daban las gracias. Era yo el que me sentía agradecido a ellos. Era como sentir eso que dicen los médicos cuando salvan una vida que se les está marchando. He tenido muchos detalles como esos a través de mi carrera, pero nunca ninguno tan directo. Me impactó.

- Pero nuestra historia podría ser al revés. Podemos acabar.

- Mira. El noventa por ciento de los amigos que te rodeaban en los viejos tiempos se embobaban mirando a tu mujer. Y ahora cercana a la madurez sigue siendo muy bella, sigue atrayendo. Quizás tú seas un águila para los negocios, pero ¿puedo decírtelo?

- Sí, claro, somos amigos.

- Eres un pardillo para el negocio de la vida. Presiento que vas a cambiar oro puro por oropel barato, y hay muchos gavilanes dispuestos a cazar una paloma como la tuya.

- ¿Cómo has intuido que tengo aventuras? Además son cosas pasajeras. Nada importante.

- Supe que serías un negociante de lujo, pero también supe que nunca serías un galán. Para eso sí eres muy blando, salvo para tu mujer que siempre te quiso.

- Pero sólo es una aventura que otra. No influyen en mi vida para nada. Todo acaba cuando salgo del motel.

- No sé lo que es, aunque pienso que quizás es fatuidad de hombre triunfador. Cierra los ojos y verás claro, ya que abiertos no ves nada.

- Reconozco que ella está más guapa que nunca.

- Y más en peligro, amigo.

- Sí, está más guapa. Es una rosa.

Y el ejecutivo de ayer, empresario ahora, se quedó mirando a su mujer.

- Y eso que la riegas con pocas atenciones. Procura que no entre un jardinero extraño y se la lleve.

Mi amigo se quedó meditabundo.


Ocho meses después recibí una carta desde Green Bay, Wisconsin. “Pasamos por Miami cuatro días después de tu actuación. De vez en cuando nos emborrachamos. Abrazos”.

Firmaban así: Luis- Ángel y María – Manuela.

Debajo una posdata: “Cuando nos veamos nos nombraremos por Luis, María y Paco, ¿vale?”

Pensé: “Porque en esencia somos los mismos: un comerciante gran triunfador, una bella mujer, y un artista que logró un éxito internacional. El triunfo no debería de cambiar nuestra esencial personalidad, salvo para mejorarla”.


Yo convertí a Ángel y Manuela en Luis y María, que eran los nombres de sus tíos de Valencia. Los cambié de piso y también de bloque, el resto es auténtico como la vida misma.


Hotel Everglades – Miami – 31 – de diciembre de 1989.


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